Te escribo desde Japón, mi pacharrito.
Vine con la esperanza de aprender algunas cosas.
Es interesante cómo evolucionó tu opinión respecto a mi viaje.
Sigues en una edad en la que en realidad no alcanzas a concebir cuánto significa "una semana" o "un mes". De entrada se te olvida la definición pura de cuánto es cada uno "¿cuántos días era un mes?" luego cuando se te responde, todavía veo en tu gesto que te parece la misma eternidad "un mes" a, digamos "un año". Son más días de los que puedes imaginarte de un tirón y eso es lo que importa.
Cuando te informé que me iba, preguntaste que cuánto tiempo.
—Tres meses.
—¿Cuánto es un mes?
—30 o 31 días, dependiendo.
—Entonces.... como 90 días.
—Sí, hijo.
—Aaay, es mucho tiempo.
Tuvimos esta conversación, al menos, unas tres veces.
Luego le informé a tu papá del viaje y me dijo que él podía quedarse contigo los tres meses.
No te hubiera dicho.
—¿ME VOY A QUEDAR CON MI PAPÁ?
—¡Sí, amor! Va a acomodar todo para que puedas quedarte con él.
—Entonces... ¿cuánto falta para que te vayas a Japón?
—Seis meses...
—¿Cuánto tiempo es un mes?
—30 o 31 días...
—¡Ay, falta mucho!
—...
Tuvimos esta conversación, al menos, unas cuatro veces. Si la quinta no sucedió fue porque te expliqué que correr a tu mamá del país podría considerarse grosero. Digo, una opinión personal nomás.
Pasé tu cumpleaños acá, así que tuvimos que adelantar tu fiesta de cumpleaños unos días pero creo que no te diste cuenta -o no te importó mucho. La última noche que dormí contigo antes de irme, me contaste antes de dormir que este es el mejor cumpleaños que habías tenido, que te la pasaste muy bien y recibiste muchos regalos. Me dijiste también que entre esos regalos, habías recibido (lo que para ti) es mucho dinero. Luego me preguntaste que si necesitaba dinero para el viaje, porque tú podías prestarme. Dijiste que como era 'la primera vez que yo venía a este país' tú querías que pudiera conocer todos los lugares y querías que no me faltara nada estando acá. "¿De verdad no necesitas? Me regalaron mucho y quiero que estés bien allá".
No encontré palabras suficientes para expresarte lo que sentí en ese momento. Torpe, como soy, seguí diciendo que no, te agradecí. Te abracé y te di muchos besos.
El día que me fui, te despediste con un "espero que aprendas mucho, mamá".
Estoy aprendiendo mucho, hijo.
Me alivia mucho que me digas que estás contento con tu papá y que me digan quienes conviven contigo que no te ven intranquilo ni ansioso, que has andado normal estos meses. Me deja tranquila llamar y no sentir de tu parte ningún tipo de prisa por hablar conmigo. Me cuentas qué estás haciendo, nos reímos, nadie protesta cuando hay que colgar.
Con la diferencia de horario en realidad en los dos meses que llevo aquí hemos tenido muy pocas oportunidades de hablar. O yo estoy en la escuela, o tú estás en la escuela o alguien está dormido. Las llamadas que sí hemos logrado, se han vuelto un desfile de juguetes bastante interesante:
![]() |
| "Lo armé yo solo" |
Al principio del viaje, me parecía irresponsable decirte en las llamadas que te extraño, llevo dos meses evitándolo (tu abuelo me va a matar si lee esto), pero es que ¿qué iba a decir si me decías que tú también? ¿qué iba a hacer sí te ponías triste? ¿con que cara te iba a decir que ya mero vuelvo si no es cierto? Además, me tomó meses planear este viaje y acomodar todo para irme, para venirte con la hipocresía de que ya quiero volver. Decidí venir, no voy a estar en el lugar que yo decidí, llorando porque no estoy en otro. Es ridículo.
En general, extrañar no es una palabra que me gustara mucho. Es el anhelo de lo que no está y creía que si me subía con muchas fuerzas a ese tren me impediría estar de lleno en lo que estoy viviendo aquí. Lo curioso es que tuve que venir hasta acá para aprender que se puede disfrutar mucho de extrañar a alguien, que así como hay un 'querer bonito' hay un 'extrañar bonito'. No me molesta saber que me falta un mes para estar en México otra vez, no dejo de ver que hay lugares, paisajes y gente impresionante alrededor de mí a diario ni tengo prisa por volver, no se trata de eso. Se trata de acordarme de ti y sentirme muy feliz, de ser consciente de lo afortunado que es tener una relación digna de extrañarse. Tengo la suerte de saber que cuando vuelva a casa, ahí me va a estar esperando un cachetito bello, que nos vamos a reír juntos otra vez y te voy a poder abrazar hasta que me digas que me quite porque no te dejo jugar. Saber que todo eso me va a hacer muy muy feliz, como lo ha hecho hasta ahora, como lo sigue haciendo incluso estando lejos.
Te extraño, hijo. De la forma más bonita en que he podido.
Te amo y me hace feliz saber que existes, aunque sea en otro lugar de este planeta.
A la siguiente llamada te voy a decir que te extraño, pero lo voy a poder decir sonriendo.




